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La Pequeña comeflor

Aunque afuera llueva

Diciembre suele ser tiempo de cielos despejados, brillantes y azules, pero en la costa llueve.

Recuerdo que mi abuelita se angustiaba cuando armábamos plan decembrino en su casa de Caruao, en la costa de Vargas, porque cómo íbamos a ir a la playa con esa llovedera.

La casa de Caruao ya no existe, mi abuelo tampoco y mi abuelita se ha ido extinguiendo de a poco con su memoria. Sin embargo, en Caruao llueve cada Diciembre.

Este año nos prestaron una casita frente al mar para emular tiempos remotos y reunir a la familia. Los que quedamos. La tarde en que llegué con Gabo y Catalina, salió un poco de sol y caminamos por la playa. El mar estaba furioso y revuelto por la crecida del río, pero siempre resulta terapéutico caminar con los pies descalzos sobre la arena, ver a Catalina correr eufórica dando brincos de conejo y lanzándose al mar como pelícano de orilla.

Luego, llovió y llovió y llovió y siguió lloviendo a cántaros.

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Dos adolescentes, cinco adultos de un par de generaciones, una niña, una viejita y dos perros en la sala de una casa pequeña con vista a la tormenta. Hubo siestas, bostezos, lectura y “me aburro”. Pero hubo más conversas largas, intercambio de libros y frenesí de juego familiar. Pasamos por las barajas y el Romi Q, se jugó corazones, tute y té para dos. La jornada más épica fue la ronda de papelito y mímica. Imaginen a mi tía Inés Mercedes, sabia e historiadora a sus 60, tratando de explicar quién es Katy Perry o un adolescente imitando a CAP a quién nunca vio en vivo. Hubo anarquía, gritos y mucha risa, hubo que apelar a la creatividad, al cariño, la comprensión y la complicidad. Afuera caía la lluvia inclemente, adentro los Quintero teníamos la mejor de las fiestas.

También comimos mucho, bebimos, cocinamos y compartimos en una mesa grande los gustos y disgustos culinarios de tres generaciones. Brindamos, compartimos e hicimos largas sobremesas antes de dividirnos en equipos para fregar y recoger. Regañamos a los perros por velar y terminamos dándoles huesitos, lanzándoles la pelota mil veces y llevándolos a la playa aunque el día estuviera nublado.

Durante tres días bajo la lluvia, hicimos más familia que durante cualquier día de playa.

Entonces atajé la metáfora de lo que el 2016 fue para mi.

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Con 3 Travel Bloggers comí en Lima, fui feliz en Bogotá, me asombré en Galápagos, adoré Quito, gocé en Madrid y volé en México. Tuve la oportunidad de estar frente a la cámara, pero también de participar en el proceso detrás de ella. Comprendí el agotamiento y la alegría de traviajar, consolidé lazos con esta familia itinerante que amo, crecí como profesional y tuve la oportunidad de asomarme al mundo. Eso lo valoro porque ver el mundo me permite verme integralmente como parte de algo más grande que el territorio que habito.

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También fui con mi madre a Houston para decirle a los venezolanos que están allá por qué siguen existiendo razones para decir Venezuela Te Quiero. Llenamos una sala de 600 personas, repleta de venezolanos que extrañaban su país y nos abrazaban apretado por viajar hasta ellos para hablarles bonito. Vendí mis fotos entre ellos y supe que cuando haces las cosas bien y con amor, la gente agradece hasta cuando paga.

Viajé a Aruba con Gabo para hacer las fotos de un hotelito y terminamos enamorados de la familia, de la obra de Saúl y de las playas más remotas de esta mini islita caribeña.

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Viajé por Venezuela con mis alumnos de los Destinos Foto Arte al Amazonas, a Mérida y Ologá en el Sur del Lago de Maracaibo, también viajé a Barinas con Dos de Viaje, el proyecto de TV que empiezo con mi madre y pasé por el Delta con Gabo a ver verdes. Me encontré a un país golpeado, calamitoso y triste, pero repleto de gente que aún quiere trabajar, de salmones que insisten contracorriente y se esmeran en construir el destino turístico que podemos ser un día.

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Salió de imprenta y llegó volando a las librerías y a mi vida Guachipira, el libro maravilloso que escribí para Ekaré y tuve eventos y llevé el librito de viaje y me emocioné como los niños emocionados que la leen y se la aprenden y viajan con mi colibrí valiente.

Sin embargo, en el 2016, con tanto viaje, tanta foto, tanto escribir, tanto mostrar y tanta vida hacia afuera, ha sido el año en el que con más empeño y fuerza me he abocado al hogar.

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Mi casa nunca estuvo tan linda, me he dedicado a mis plantas con esmero, a cocinarle a Gabo con amor, a consentir a las gatipellas, ordenamos la biblioteca por colores, acomodamos el estudio varias veces, le pusimos malla a la ventana para estar tranquilos con la gata, estrenamos una vajilla hecha con amor por mis tíos Pedro y María Esther. Cultivamos las mañanas con café en el sofá, los paseos con Cati, los pequeños rituales caseros. Lavo la ropita los lunes, riego las matas los miércoles, vemos series juntos y bailamos solos en la sala cuando estamos contentos. Cuando llego de viaje, Gabo me tiene frutas y me deja dormir largo, luego vemos las fotos del celu y las fotos de la cámara. Yo le cuento, él me cuenta y hacemos listas de lo que necesita la casa para ser un hogar.

Afuera llueve y Venezuela pasa por uno de los momentos más duros de su historia moderna. La crisis política se tornó económica y social. Un gobierno empeñado en aferrarse al poder, una oposición desarticulada, un pueblo confundido con la sensación de que ha sido abandonado a su suerte. Hay hambre, hay violencia, desorden, irrespeto, filas infinitas de gente y profunda descomposición.

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Llueve a cántaros y el agua se lo lleva todo por delante porque puede dar vida y la puede destruir.

Ante la lluvia, como en Caruao,  me ha tocado ver hacia adentro, pero también salir a mojarme que ha sido duro y aleccionador y sentir las goteras entrando a casa. Eso también es importante hacerlo porque lo contrario sería demencia y negación.

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Pero he decidido proteger con esmero lo que está adentro: el hogar, el amor, la paz, la serenidad del alma, la solidaridad, el cariño, los pequeños rituales, la familia. Mantenerlos secos y calientes ante la debacle, porque ellos son el verdadero core de lo que soy, de lo que somos todos. Porque ahí están las verdaderas respuestas, los verdaderos estímulos que me harán mejor ser humano para cuando me toque salir de nuevo a emparamarme en la tormenta.

Sí, aunque llueva, les deseo un hermoso cierre de año, un saldo positivo, les deseo que se quieran y los quieran.