arrow facebook instagram more sep share-facebook share-linkedin share-pinterest share-twitter share sigueme twitter youtube
La Pequeña comeflor

Razones para volver a NYC

La Gran Manzana guarda miles de razones para conocerla y para volver a ella. Pero viajar es un asunto personal, guiado muchas veces por lo que te pide el alma, por cómo se mueve una marea o un sueño que tuviste con llegar a algún lugar.

Por eso NYC tiene razones para volver que son sólo mías, pero que quizá, alguno de ustedes leyendo, resuelve hacer suya para montarse en un avión e ir.

1. Mi abuelo Tony.

Mi abuelo Tony nació en NYC, le encantaba decirlo y asegurar que todo lo que los americanos hacían era mejor. Usaba la gorra de los Yankees y amaba prepararse soda shakes, creo también que tenía un pasaporte americano escondido por ahí. De resto fue el ser más criollo que conocí y el arraigo que siento por Venezuela comienza con su sonrisa manejando por alguna carretera. Cuando Tony hizo su viaje final y nos dejó un saquito de cenizas, yo me quedé con una parte que prometí llevar de vuelta a su origen. Cuatro años pasaron y el apego no me dejaba soltarlas hasta que una mañana Gabo dijo ¿Y si vamos a NY a llevar a tu abuelo y paseamos unos días?

Tercer día en NY  y veo a mi primo Camilo. Cami dice que la tía Mercedes dice que los abuelos Juan de Dios y Chava vivían en Brooklyn por Greenpoint y que ahí hay un parque hermoso con un muelle y una vista hermosa de Manhattan: el Transmitter Park.

Fuimos una tarde bonita mi prima María Laura, Gabo y yo a volar con Tony. Al llegar veo que en la base del muelle hay un enorme sauce llorón, el árbol favorito de mi abuelita y me resulta una poesía pequeña que sólo me habla a mi para decirme que ese es el lugar. Que Cami y la tía Mercedes tenían razón. Un sobrecito de cenizas que lleva 4 años conmigo, un dolor que nunca me abandona, un recuerdo que vive en mi alma, una sonrisa que es mi sonrisa se dibuja en el cielo azul y enorme, el sol se refleja en el agua y los edificios y Tony descansa para siempre donde la vida lo vio nacer.

Una razón infinita para volver siempre.

 

2. Comerse el mundo.

Me gusta comer. Lo disfruto mucho, me deleito, hago bailecitos de alegría cuando algo me gusta e insisto en experimentar cada vez que puedo. Si hay una ciudad para comer bien y del mundo, esa es NYC. Más allá del cliché turístico de comer italiano en Little Italy o Chino en Chinatown, basta meterse en callecitas de Brooklyn, o en el Lower East side de Manhattan o casi en cualquier lado para encontrar restaurantes Indios, panasiáticos, extraordinarios mexicanos, un japonés que hace sus propios fideos deliciosos mientras sorbes sopa al ritmo de salsa brava, un chino que hace sopa de dumplings pero con el caldo dentro del dumpling, un cubano espectacular, unos perros venezolanos con mil salsas, un alemán curioso, un francés distinguido y por supuesto la mejor selección de comida americana desde la pizza grasienta por slide hasta las hamburguesas gourmet, comida fresca del mar, ostras gigantescas, postres increíbles, cervezas artesanales con etiquetas indescifrables. Todo.

Te puedes comer todos los sabores que imagines y en porciones gigantescas. Este último punto puede ser una molestia si tu plan es pasarte el día caminando y conociendo en lugar de durmiendo siestas por el atracón que te mandaste. Gabo y yo lo resolvimos pidiendo entradas para probar o compartiendo el plato principal que siempre es enorme, eso nos permitía probar cosas deliciosas y volver a tener hambre en una horas para seguir deleitando las papilas gustativas.

Funcionó 😉

 

3. Los afectos.

A los venezolanos se nos regó el alma por el mundo. Familiares en Europa, amigos en Suramérica, una tía en Australia, tu mejor amiga en Noruega, sus hijos hablan otros idiomas y sólo te han visto por una pantallita. Es un desgarre perenne, para los que se fueron y para quienes seguimos viviendo en el país. Nunca fuimos de emigrar, más bien uno crecía con sus amigos del colegio hasta cultivar canas y criar entre todos a los carajitos, por eso duele tanto. Yo en NY tengo una buena tajada de Fuerza Quintero que es hermosa, muchos afectos de la vida y a tres de las personas más importantes de mi vida: María Laura, Andi y Anabella. Mi prima del alma con la que viví una etapa crucial de la vida en Boston, mi hermana de la existencia que además ahora es madre de dos preciosuras que no conocían a tía Ari y mi amiga gladiadora de la vida con quien comencé la carrera, gocé como enana y amo locamente. Ellas son las razones que más me han hecho volver a NYC, ellas son los abrazos que necesito dar en persona porque la camarita no alcanza, ellas son las únicas que me hacen estar despierta toda una noche descifrando la vida, hablando pendejadas y riendo a carcajada suelta. Sólo con ellas me tatúo de la nada un abismo. Ellas son todo y en este viaje despedirme fue un carajazo de nostalgia por venir que no supe me golpearía tan duro.

Por ellas vuelvo a donde haya que volver.

 

4. Nadie te ve.

Y quizá eso para vivir sea complicado y quizá parezca rarísimo que una persona tan querendona y que quiere hablarle hasta a las paredes no puede ser que le guste eso. Pero sí. Amo que en NYC nadie te vea, todo el mundo esté en lo suyo y si te atraviesas te llevan por delante. Me resulta insólito ver cómo algunas aceras de la gran ciudad se manejan con más velocidad que el asfalto y sin ruedas, me encanta que puedas irte al museo en pijama o lentejuelas y a absolutamente nadie le llama demasiado la atención. Hay gente de todos colores, ropa de todos los estilos y la uniformidad no existe, NYC es la diversidad, escuchas muchos idiomas, muchas tonalidades, el jardinero y el empresario se sientan en el mismo vagón del metro y quizá ambos hablen español pero ninguno se mete en la conversación del otro. Me gusta porque disfruto mucho ese anonimato, siento que me puedo perder, reinventarme, hablar con otro acento, usar cosas que nunca usé en casa. Me hiela el ritmo vertiginoso y agradezco vivir en una ciudad más pequeña y saludarme de abrazos con mis vecinos, me contrasta la existencia y eso me asusta y me atrae.

Siento que es un lugar para de verdad perderse.

 

5. Los espacios.

Puedes estar frente al Hudson River con todo el cielo abierto, la brisa en la cara, las aves volando, el olor a tierra fresca bajo la sombra de los árboles, caminas unas cuadras y todo es cemento, hierro, asfalto, vidrios, ventanales, verticalidad vertiginosa. Urbe. Entras a un museo y los pasillos son amplios, iluminados, el arte tiene espacio, los colores tienen espacio, la sensibilidad tiene espacio y tres cuadras más allá te metes en un sucucho de 2×3 a comer como los dioses preguntándote cómo esa gente cocina así de bien en unos centímetros cuadrados. Puedes visitar a un parque gigantesco con lagos, piedras y árboles y un pedacito de grama entre los edificios con un banquito para dos. Los apartamentos pueden ser cajitas de zapatos y lofts de cristal, puedes sentirte contenido e ilimitado. Eso, me encanta.

 

NYC es una ciudad fascinante, un lugar común y un cliché de cine, sólo que si la conviertes en tuya, te dará el cariz que buscas ¿Cuáles serían tus razones?

 

(Todas las fotos de este post son de Gabo Cárdenas)