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La Pequeña comeflor

Resoluciones por escrito

Yo solía escribir.

Con varios dedos en el teclado de la computadora y por encargo. Escribía para varias revistas y tenía constantes fechas de entrega, que es como el coco del joven periodista subpagado. Los textos precisaban un largo específico, número de fotos y en algunos casos me sugerían tema, me cambiaban algún título, me solicitaban listicas, recuadros y Andrés Zambrano no me dejaba tutear o hablar en primera persona en El Nacional.

También escribía mucho para este blog, con entusiasmo genuino de relatar lo que veía. Me parecía la emoción máxima de la vida llegar a bajar las fotos, editarlas y echar todo el cuento en el blog al día siguiente. Contaba todo, desde me monté en el carro hasta regresé ayer sin perder detalles en las sensaciones, la emoción de viajar y relatarlo.

Cuando me pregunto qué hizo que desatendiera la escritura como oficio por tanto tiempo, me da la impresión de que pudo haber sido el teléfono y las redes inmediatas…más inmediatas, las que me llevaron a escribir en mini tecladitos digitales con los dos dedos gordos en lugar de sentarme aquí en mi estudio, con mi teclado pulcro porque hoy es 1ro de Enero y me dan frenesís de limpieza, a escribir. Quizás las mismas razones por las que en algunos viajes prefiero documentar con mi teléfono que con mi cámara profesional que es mucho mejor pero es enorme y pesada y trabajar el resultado implica varias horas sentada en la computadora. La ligereza.

Eso hace que sienta que cuando escribo en el teclado, con cierta generosidad de caracteres y va para el blog, debo ser contundente, o profunda, o extremadamente didáctica. Me atormento, siento que de qué voy a hablar, que tengo que hacer un texto que me produzca insomnio, que tenga que corregirlo siete veces antes de publicarlo y que colapse el blog de tantas visitas. Con esas expectativas cualquiera se auto sabotea y termina escribiendo un texto sencillo en Instagram porque Instagram es instantáneo y puedes decir “Qué bello el Ávila” y ya.

En ese sentido, Aglaia, mi amiga me convence de que puedo escribir corto y sobre infinidad de temas. “Escribe sobre tus maticas”, me sugiere, sobre alguna cosa de este viaje, sobre algo que probaste, sobre unas fotos que hiciste, sobre las guacamayas que te visitaron en casa de tu tía, sobre tu abuelita, sobre una playa, sobre cómo hacer la maleta, sobre cómo te pones el pañuelo, Ari, escribe por los clavos de Cristo, escribe niña del carajo.

Y yo toda existencialista que si no me paro a las 6:00am con un café recién molido y colado con agua caliente pero no hervida y el canto de los azulejos, no me inspiro para escribir bien. Pero cuando mi comida dependía de que la revista me pagara a tiempo, escribía todo lo que me pedían y escribía de gratis y escribía todo el tiempo sin tantas necedades no importa dónde ni cómo.

En todo caso, extraño escribir en el teclado, y hoy lo limpié por eso.

Así que mi resolución del 2018 es que quiero escribir más. Seguiré amando la inmediatez del Instagram, de verlo y mostrarlo ya, a la una, a las dos y a las tres como lo sentí. Pero quiero sentarme aquí a pensar mientras escucho mis dedos que golpean el teclado blanquiiiiiito, limpiado con alcohol e hisopos, escuchando la lluvia afuera con las piernas dobladas en indiecito para calentarme los pies y que no me piquen los mosquitos, viendo a Catalina acostada de un ladito porque a ella le encanta que uno se siente en el escritorio para dormir siestas arrulladas por los golpecitos en la mesa de metal.

Pasa una guacamaya cerca y suena a animal prehistórico de colores, daría miedo si no fueran tan bellas.