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La Pequeña comeflor

Un puente de piedra en La Gran Sabana

Un puente de piedra milenaria sobre agua verde esmeralda y el estruendo de una cascada, acaba de convertirse en mi lugar favorito de La Gran Sabana. Se llama Puente Makunaima y sus tres piscinas, está en el km 864 de la Troncal 10 que atraviesa La Gran Sabana en el Parque Nacional Canaima en el Estado Bolívar. Si vienes entrando al Parque, verás un cartel azul a la derecha, entras por el caminito de tierra -por caridad no abras nunca nuevos caminos en ese estrato tan frágil- y al final hay un pequeño techo de zinc. Ahí mismo vas a ver las dos primeras piscinas, pero para ir al puente se va por un caminito que sigue el curso del río.

Fíjense en el río, porque pronto se van a encontrar con una especie de mirador desde donde se ve el puente de piedra repleto de vegetación, alguna de ella nos muestra que la zona pasó por un incendio hace pocos años, pero el verde es terco y renace siempre. Los ojitos pequeños se me abrieron enormes para abarcar semejante maravilla natural, el corazón se me desboca y quiero estar ya ahí. Respiro y degusto el momento. La Sabana y su capacidad de guardar secretos insólitos siempre.

Al bajar, la plaga estaba intensa, pero la emoción era tal que no importaba. A quitarse la ropa y chupulún al agua siempre muy templada de los ríos de La Gran Sabana, hacia abajo verde transparente, la piel tensa, al levantar la mirada las rocas de colores convertidas en firmamento único, como una cueva que la cascada horadó y por eso lo celebra escandalosa lanzando más agua a las piedras que terminan por cederle el paso.

La impresión. Me dio un poco de miedo ¿y si se cae ahorita y me deja cual hormiga bajo un zapato gigante? Las lianas colgaban contentas, las raíces empeñadas en alcanzar el agua y los verdes lanzados al cielo azul dejaban entrar al sol. Nadamos y nadamos. Nos metemos bajo la cascada y la euforia del agua vencedora nos contagia alaridos y llanto. Alegría, impresión. Esa idea de que somos nada y la naturaleza es todo.

Ya tienen las señas, vayan. Pero vayan con amor, no sean depredadores, no se les ocurra dejar basura y mucho menos pretender la colonización dejando sus nombres tallados en la piedra. Dejen en cambio a las piedras de colores rellenar las pupilas, al agua verde tocar el alma y a la cascada llevarse las penas.